Raúl Daniel Cardemil Gómez febrero 12, 2019

El Gran Valparaíso ha sido instalado como un paradigma de lo patrimonial, lo museal y lo creativo.

En este contexto, las institucionalidades de culturas visibilizan el impacto social de sus acciones, proyecto y planes en una complejidad mucho más compleja que audiencias, obras expuestas y conservación.

El autor, estudiante de Trabajo Social, plantea un acercamiento a la respuesta de esta cuestión de la perspectiva decolonial del Sumak Kawsay.

Una cuestión investigativa de profundo interés es cómo las institucionalidades culturales en el espacio local del Gran Valparaíso responden o no al desafío de describir y sacar inferencias de la observación del impacto social generado por sus actividades, proyectos, programas y planes. Si bien la orientación de este escrito  no es determinar un hallazgo sobre esta materia, no es menor el valor que tiene este  agendamiento al instalar una nueva frontera para la reflexión sobre el constructo de políticas públicas de culturas ejercidas en el espacio regional.

Al escribir estas líneas se debe explicitar que el autor carga con toda opacidad de una residencia en un entramado espacio-temporal-simbólico que es transmitido como significante que desata una imagen mental de un paradigma para lo que es culturas, patrimonios y conservación. Específicamente, la conurbación del Gran Valparaíso da emergencia a una serie de cajas negras que contagian los discursos, las relaciones, las apariencias, las inercias, las invisibilidades, las mudeces y los altavoces de aquello que etiquetamos como culturas y sus políticas públicas; desde este páramo el autor, más que desarrollos globales y conceptuales, pretende distinguir distinciones para observar la mencionada institucionalidad.

Con anterioridad a profundizar hacia asuntos medulares, es necesario perfilar adecuadamente cierta nomenclatura que implica la tematización que se pretende cubrir, donde en la casuística explorada hay ciertos grados de uso impreciso. Al revisar literatura, uno de los conceptos a exponer es planificación como “ la elaboración de metas y selección de instrumentos sobre cuestiones  que afectan a la vida colectiva” (Ahumada, 1968).  Por otro lado, surgen lectura equivocas entre programa y proyecto. Programa es “conjunto de proyectos que apuntan a un mismo objetivo” (Lira, 2006), mientras que proyecto “conjunto de actividades relacionadas entre sí y coordinadas con el fin alcanzar objetivos específicos dentro de los límites  de un determinado presupuesto y de un período dado”(Lira, 2006). Finalmente, es necesario delimitar el concepto de públicas políticas como “el conjunto de acciones secuenciales específicamente planeadas para resolver las causas de un problema público” ( Tapia, Campillo, Cruickshank & Morales, 2010).

Al observar la manera de instalación del discurso de la institucionalidad cultural del Gran Valparaíso, a juicio del autor, son más claramente identificables en la evaluación de procesos los conceptos de realización de eventos, flujos de visitantes, ampliación de oferta turística, recursos entregados para iniciativas o industrias creativas, cumplimiento de ciertos estándares de conservación de materialidades valoradas. Ni rebajando el valor de estos aspectos, ni obviando la existencia de un espectro de matices, es notorio el desdibujamiento  de preguntas sobre cómo lo que se hace o no en la institucionalidad cultural local provoca catalizadores para intervenir “todos los fenómenos relacionados con el malestar psicosocial de los individuos, ordenados según su génesis socio-estructural y su vivencia personal”(Zamanillo, 2018). Y a este posicionamiento quiere el autor deslizar al lector para contagiarlo con una influencia en el “mirar  a las miradas” de qué forma la constitución de subjetas y subjetos puede desplegar un “Sumak Kawsay” (buen vivir).

En el desarrollo especificado anteriormente hay una territorialidad de frontera para las institucionalidades culturales del Gran Valparaíso que es la determinación de su impacto social como políticas públicas. Como impacto social se entenderá “los efectos que una intervención propuesta tiene sobre la comunidad en su conjunto” (Ministerio de Asuntos Exteriores, España, 2001). No es el efecto sobre la población objetiva, sino sobre la sociedad en general. Por muy buenos estudios de público, registros de flujo de audiencias, focus groups entre usuarios, retroalimentación vía redes sociales de visitantes no permiten observan desde las institucionalidad de culturas un registro sobre la magnitud del impacto social de sus gestiones. Los Museos, los espacios patrimoniales y las incubadoras creativas deben lanzarse hacia la sociedad para registrar qué efectos tienen como “gestores de LO OTRO”(Cardemil, 2018). No es cuanto tiempo de exposición de objetos de admiración, cantidad de público diario, metros cuadrados de piezas en exhibición lo que determina el impacto social de la institucionalidad de culturas, son las intensidades de las deconstrucciones que provocan en subjetos y subjetas un “estar activo” en el cruce de situaciones de malestar provocado por configuraciones estructurales y por el “ruido de fondo”  de la percepción subjetiva situacional. Es decir, para este autor, el grado de impacto social de lo patrimonial, de lo museal y de lo creativo se revela al observar en el discurso del entorno que hay rupturas donde se vislumbra el nivel de disposición para actuar o no frente al malestar estructural.

En síntesis, cuando se observa en el espacio local del Gran Valparaíso distintos fenómenos de vulnerabilidad social, discriminación, segregación y deterioro medio ambiental ( desde la conceptualización integradora del  “Sumak Kawsay”)1 es valido preguntarse si las acciones, proyectos, programas y planes de las institucionalidades culturales locales han medido su impacto social en dicha situación.

1  El concepto de “Buen Vivir” reivindicado por el movimiento indígena continental  proviene del idioma quechua, en el cual se le conoce como “Sumak Kawsay”, y hace referencia a que los esfuerzos  de la sociedad deben estar encaminados a un desarrollo armónico entre seres humanos y la naturaleza,  lo que implica bienestar y equidad material, social y espiritual; además este desarrollo debe gestarse en el contexto de relaciones armónicas y de respeto a la naturaleza. Este concepto es quizá un rasgo común de la cosmovisión de los pueblos indígenas, el cual podemos encontrar con diferentes nombres, en el caso de los pueblos Mayas de Guatemala se le encuentra con el nombre de “Utz’ilal kaslemal” (en k’iche’ y kaqchikel). (Acevedo, 2010)



Print Friendly, PDF & Email
Creative Commons License
¿Las institucionalidades culturales del Gran Valparaíso miden el impacto social de sus acciones, proyectos, programas y planes? by Raúl Daniel Cardemil Gómez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 Internacional

Deja un comentario.

Tu dirección de correo electrónico no será visible. Los campos obligatorios están marcados con *